Monday, April 13, 2009

Casi perfeceto (I)


"Yo no te quiero". Eso fue lo que dijo, eso fue lo que le dejó. Una frase que lo dejaba todo muy claro, pero aún no era tan hiriente como las intenciones de ella. Él tampoco la quería, pero sí la deseaba. Cómo la deseaba. Soñaba con ella, pero no soñaba por ella. El deseo y el sexo tienden a disfrazarse de amor, cubriendo una ola de sentimientos en un solo canto. Mas el canto no era verdadero. No era amor verdadero, ni siquiera era amor.

Él había vuelto a casa esa misma noche, sin dejar de pensar en lo que había pasado. Su mente sólo podía enfocarse en un único sentimiento frívolo, sorprendiéndose a sí mismo por lo vacío, por lo primitivo, por ser el único punto de encuentro entre ambos y por comprender que era lo único que quería de ella: follársela una vez más. Su fijación se convirtió en una obsesión; haría de todo por tener sexo una última vez. No era despreciable el reto, las mujeres suelen tener un punto de inflexión en la relación donde es casi imposible que cedan de nuevo. Él se aferraba a ese casi como una garrapata hambrienta.

Ellos habían sentido atracción el uno al otro desde el primer día que se conocieron. No era una relación de película hollywoodensa (de esas de antaño), era física pura, fresca y única. Ella le había comentado sobre las teorías de atracción de las personas, la cual sucedía meramente en partículas del cuerpo (a través de la sangre o algo parecido) al inicio de la relación. Presagio de lo inevitable.

La primera vez que lo hicieron era casi la última vez que decidían verse. Habían pasado unos meses iniciales de abstinencia, manteniendo una relación normal aparente. Hablaban, salían, se besaban pero no liberaban la tensión. De hecho, eso los fue derrumbando poco a poco. Su relación era un fraude. Lo único que necesitaban del otro era sexo. Pero aún no lo sabían, no lo buscaban, no lo visualizaban. Error. Pero llegó en el momento justo, antes de que fuera demasiado tarde. Ella tenía que regresar temprano, él tenía que hacerla llegar tarde. Habían ido a comer y beber en algún lugar para terminar besándose en el carro apasionadamente. No dejaban respirar al otro. Se tocaban, se movían por todo el carro, se daban vuelta, nunca dejándose de besar. Habían pagado el ticket de estacionamiento, los carros pasaban frente a ellos, los parkeros caminaban peligrosamente cerca; nada de eso importaba. La pasión era indetenible. Era como si una fuerza mayor los manipulara, sin dejar chance al libre albedrío. Tenían que hacerlo y tenían que hacerlo en ese lugar, en ese momento. Y así lo hicieron.

Él recordaba con frecuencia aquella vez. Sobretodo ahora, cuando no la tenía. A partir de ese momento su relación se transformó en citas en hoteles, camas, cuartos, haciendas, playas, baños, ascensores y carros. Particularmente su carro, que era el sitio predilecto cuando no tenían con qué pagar algo distinto. La relación se había sincerizado, siendo ahora totalmente coherente con sus necesidades. Él sonrió. Sabía que no era el fin, al menos no creía en ello. El placer era enorme para no disfrutarlo. Sin embargo, él no era mujer. Mas aún, él no era ella. No casi...

2 comments:

Extranjera said...

Por qué el sexo o el mero deseo se disfraza de amor, o es que nosotras las mujeres necesitamos disfrazarlo de amor para entregarnos a ello sin culpa. Me puso a pensar tu relato.
Saludos.

Anonymous said...

Me sentí totalmente identificada, lo cual es normal no?, lo que no es normal es que me sienta identificada con el hombre... Mmmm... lo escribiste tú? alguna historia persona o ficticia? Excelente